Yija!
Ajúa!
Épale!
Chintehuas!
A lo lejos se escuchaba esa voz grave, en el desierto, mientras se veía una polvareda y al momento de desvanecerse aparecía la sombra de una vaquera y su pistola desenvainada.
Esa forajida, era grandota y wera, muy imponente, ruda, súper dominante, le gustaba domar, su fantasía era tomar la mente, cuerpo y alma de su hembra, que esa mujer confiara plenamente en ella, era acaparar todo o nada.
En lo físico, ella había tomado cada parte de su cuerpo y de muchas maneras, en diferentes lugares y con diversos ritmos, pero eso iba más allá, físicamente se había ido apoderando de su interior, con sus palabras fue entrando a su psique, con esos pequeños conjuros, los cuales insertaba con su varita mágica, que era su dedo, pero también hacía magia a distancia, y su energía traspasaba distancias, cada intención llegaba a esa yegua desbocada, que terminó siendo dócil y obediente, la terminó haciendo a su antojo, hasta con una mirada la dominada. Hubo un punto en el que ella a veces, sólo tenía que pensar lo que deseaba para que su mujer la complaciera.
Desde que la vaquera llegó a su vida, ella fue lo único que existió, nada importó, borró todo pasado y ella se coronó como la primera en todo sentido y a su vez marcó permanencia indefinida por el resto de su vida.
Esa reprogramación estaba saliendo a la perfección, en su oído de la sumisa se escuchó: "Eres mía y no hay vuelta atrás", un pacto se selló, pa'siempre.
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